That is fine. They have each other // No pasa nada. Se tienen

They watch the clock because time passes. Always forward. Without rewinding. They know it well.
That is fine. They have each other.
Their legs begin to slacken, their heart accelerates when climbing the stairs, their memory takes vacations from time to time.
That is fine. They have each other.
They lean on each other to avoid falling. And if they fall, they get up, even if it is hard, among bruises, laughs and a hint of shame.
That is fine. They have each other.
They rarely talk about the future, which is shrinking. Many others about the past, which is enlarging.
That is fine. They have each other.
From time to time they look at the sky and wink an eye at the one who looks after them from above. They miss him.
That is fine. They have each other.
So they decide to leave the clocks at home and walk under the warm sun, in a fragile but firm way, without direction but without doubts.
Life awaits. More beautiful than ever. Although sometimes they refuse to accept it.
They sit and have a glass of wine. or a gin tonic, maybe. One for each one.
Because they have each other, but there are sacred things. And a glass of wine, if it’s good, is one of those.
Excuse me, bring one more, the one from above ask for a drink to share.

Miran el reloj porque el tiempo pasa. Siempre hacia adelante. Sin rebobinar. Lo saben bien. 
No pasa nada. Se tienen. 
Las piernas comienzan a flojear, el corazón se acelera al subir las escaleras, la memoria se toma vacaciones de vez en cuando. 
No pasa nada. Se tienen. 
Se apoyan una sobre otra para no dejarse caer. Y si caen, se levantan, aunque cueste, entre moretones, risas y una pizca de vergüenza. 
No pasa nada. Se tienen. 
Pocas veces hablan sobre el futuro, que se va encogiendo. Muchas otras del pasado, que se agranda. 
No pasa nada. Se tienen. 
De tanto en tanto miran al cielo y guiñan un ojo al que les cuida desde arriba. Se te echa de menos.
No pasa nada. Se tienen.
Así que deciden dejar los relojes en casa y pasear bajo el tibio sol, de un modo frágil pero firme, sin rumbo pero sin dudas. 
Les espera la vida. Más hermosa que nunca. Aunque a veces se nieguen a aceptarlo.
Y un bocata de jamón. Del bueno. Uno para cada una. 
Porque se tienen, pero hay cosas sagradas. 
Y el jamón, si es bueno, es una de ellas.
Ponga uno más, que desde arriba nos piden una tapita. 
Pero del bueno. 

 

we don´t have a song, but we have a cat

The radio said there was a woman in New York who had married herself. It sounded crazy and a bit silly, but she didn’t hurt anyone but her pocket.

It was a chilly day and she had doodled her name on the kitchen windows condensation while she was waiting for oven to be warm.

Elegant people do not run on the streets, the radio continued saying. Strange and even sillier quote, she thought.

The smell of the cake was spreading stealthily around the tiny apartment.

The news talked too about those tons of people desperately fleeing from here to there. Not wanted nor here not there. Stuck in no man’s land. This made her cried. And silently, furiously shouted, damn world.

His hands were freezing when he came in. He didn’t have gloves.

He petted the cat, kissed her and went to the living for two glasses of wine.

it smells terrific…i love this cake. and i love this song, he shouted.

She realized they didn’t have a song, they didn’t have a dance, they didn’t have a film. Yet.

But they had a radio, they had a cake and they had a cat.

She ran towards the living as inelegantly and wildly as she could, and kissed him back.

it was finally snowing outside.


La radio decía que, en Nueva York, una mujer se había casado consigo misma. Sonaba un poco increíble y bastante absurdo, pero suponía que no hacía daño a nadie más que a su bolsillo.

Era un día frío y ella había garabateado su nombre en el vaho las ventanas de la cocina mientras preparaba el postre.

La gente elegante no corre por las calles, continuó diciendo la radio. Cita extraña e incluso más absurda si cabe, pensó.

El olor de la tarta se esparcía subrepticiamente por el diminuto apartamento

Las noticias también hablaban de esas toneladas ingentes de personas que huían desesperadamente de aquí para allá. Sin que nadie las quisiera ni esperara, ni aquí ni allá. Atrapados en tierra de nadie. Esto la hizo llorar. Y silenciosa y furiosamente gritó, maldito mundo.

Sus manos estaban congeladas cuando entró. No tenía guantes.

Acarició al gato, la besó y se fue al salón, a servirles una copa de vino.

Huele fenomenal … me encanta este pastel. Y me encanta esta canción, gritó.

Ella se dio cuenta de que no tenían una canción, no tenían un baile, no tenían una película. Aún.

Pero tenían una radio, tenían un postre y tenían un gato.

Corrió hacia el salón del modo menos elegante que pudo, y le devolvió el beso.

Ya había comenzado a nevar. .

Shibuya

Where the lives of three thousand people cross simultaneously for a few seconds at the command of the red and green traffic lights, she stole his wallet and he, her heart.

That was a Monday.

The chances of crossing again were tiny. One in a billion. But it happened. They did it.

And this time, she returned the wallet. But he, selfish, kept her soul for him.

That was on Tuesday.

Desperate, she returned the next day. And the other. And the other.

Nothing.

The chances were, in fact, too little.

She tried to guess which of the crossings he could choose, at what minute of the morning. Afraid to change the routine in case he chose the one where he left her eager. Lack of air.

So, when it was another random Monday, while stealing other wallets with no joy or frenzy, melancholic and conquered, she looked up, and on the huge television screens that surround the damn intersection, she read “I have your heart, but I need you to make it beat “.

And at the moment when the traffic light was going to change, they crossed again.

Allí donde las vidas de tres mil personas se cruzan simultáneamente durante escasos segundos a las órdenes del rojo y verde de los semáforos, ella le robó la cartera y él, su corazón.

Eso fue un lunes.

Las probabilidades de volver a cruzarse eran ínfimas. Una entre mil millones. Pero pasó. Volvieron a cruzarse.

Y esta vez, ella le devolvió la cartera. Pero él, egoísta, siguió quedando con su alma.

Eso fue el martes.

Desesperada volvió al día siguiente. Y al otro. Y al otro.

Nada.

Las probabilidades eran, efectivamente, demasiado escasas.

Hizo cábalas para adivinar cuál de los pasos de peatón podría escoger, en qué minuto de la mañana. Con miedo a cambiar de rutina por si volvía a escoger aquel en el que la dejó anhelante. Falta de aire.

Así que, cuando volvió a ser otro lunes cualquiera, mientras robaba otras carteras sin alegría ni frenesí, taciturna y rendida, miró hacia arriba, y en las inmensas pantallas de televisión que rodean el maldito cruce, leyó “tengo tu corazón, pero te necesito a ti para hacerlo latir”.

Y en el momento en el que el semáforo iba a cambiar, se volvieron a cruzar.

 

the lady behind the desk/la anciana tras el mostrador

She looked about 85. Even more. She attended one by one with parsimony. With the wisdom of the owl she was wearing on his shirt. Or maybe simply with the few strengths left in her lean body.

She should be at home resting, doing crossword puzzles, preparing tea or watching a flower show on television. I thought.

But there she was. Probably a decision taken by her own choice, but because life had led her to that chair. For so long. Too long.

It was hot. Very hot. The line was endless. The place, the traffic office of any city in a random part of the United States, suffocating. And the task tiresome, in a loop.

When it was my turn, with my son in my arms and my daughter disarming the row of impatient citizens, I almost collapsed and wanted to give her a hug, with a feeling of unjust pain.

But then she looked at me, gave me a smile and told me that it was wonderful to see so many different people every day through her life. She kept a bit of everyone for her.

And I was silent. And I kept her image for me. That it was no longer the image of a frail old woman, but a herculean survivor.

All lives have something that makes them unique.

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Yo le eché unos 85. Incluso más. Atendía uno a uno con parsimonia. Con la sabiduría del búho que llevaba en su camiseta. O quizá simplemente con las pocas fuerzas que le quedaban ya en su enjuto cuerpo.

Debería estar en casa descansando, haciendo crucigramas, preparando el té o viendo un programa de flores en la televisión. Pensé yo.

Pero allí estaba. Probablemente no por decisión propia, sino porque la vida la había llevado hasta esa silla. Durante tanto tiempo. Demasiado.

Hacía calor. Mucho. Las colas eran interminables. El sitio, la oficina de tráfico de una ciudad cualquiera  en lo más profundo de Estados Unidos, asfixiante. Y la tarea cansina, en bucle.

Cuando me tocó el turno, con mi hijo en brazos y mi hija desarmando la fila de impacientes ciudadanos, casi me derrumbé y quise darle un abrazo, con un sentimiento de injusta pena.

Pero entonces ella me miró, me regaló una sonrisa y me dijo que era maravilloso ver a tanta gente diferente cada día pasar por su vida. Que de todos se quedaba con algo.

Y yo me quedé muda. Y me quedé con su imagen. Que ya no era la de una frágil anciana, sino una hercúlea superviviente.

Todas las vidas tienen algo que las hace únicas.

 

manicomio criminale/criminally insane

Se volvió loca de amor.

Decían.

Tanto que su locura la llevó al desvarío y al cuchillo de la cocina.

Decían otros.

Pero ella, desde su sabia vejez y su bicicleta, sabía que no era cierto.

Había pasado demasiadas veces por debajo de esa ventana y lo que había escuchado no se parecía en nada al amor.

Así que no, no había sido un desvarío amoroso, sino la decisión más cuerda que jamás había tomado.

Ahora, en esa furgoneta, sería realmente libre.

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She went mad with love.

They said.

So much so that her madness led her to the delirium and the knife in the kitchen.

Said others.

But she, with all her old wisdom and her bicycle, knew that it was not true.

She had passed too many times under that window and what she had heard was nothing like love.
So no, it had not been a love madness, but the most rational decision she had ever made.

Now, in that van for criminally insane people, she would be finally free.

 

 

how daring of me

 

 How daring of me,                                                                                                                     Loving you the way I love you.                                                                                              Having to look at you twice                                                                                                             to convince me that you really exist.

How foolish to have ever thought that there might be an improved version of you.     When your imperfect humanity is what makes you a being from another world.        Your heart, beating at two speeds. Your skin, dotted with stars. Your mind, vertiginous, absorbing that newly released world.

What impertinence of mine to let you eat the end of my chocolate ice cream.                 And even the beginning, depriving me of its freshness, offering you its sweetness.

What insolence of mine to run to your help in the dark night                                            when you cry                                                                                                                                  and cuddle you in my chest to give you my warmth and give you back the calm you lost in that incubus. And sleep on foot so that my heart can sing a lullaby into your ear.

How brave of me to let you sneak on my bed and share my pillow and challenge statistics that say that the cold of an empty room is the best method to be the adult you should become,                                                                                                                                          instead of the shelter of my arms. What should I know?                                                  Surely, nothing.                                                                                                                      Probably, everything.                                                                                                                  About you, at least.

And how ridiculous to have ever thought that you could not love me anymore, tired of my kisses.

How lucky me,                                                                                                                             loving me the way you do                                                                                                         Ioving you the way I do.

qué osadía la mía

Qué osadía la mía,                                                                                                                  Quererte como te quiero.                                                                                                            Tener que mirarte dos veces                                                                                                      para convencerme de que existes realmente.

Qué insensatez haber pensado alguna vez que podría existir una versión mejorada de ti. Cuando tu imperfecta humanidad es lo que te convierte en un ser de otro mundo. Tu corazón, que late a dos velocidades. Tu piel, salpicada de estrellas. Tu mente, vertiginosa, que absorbe ese mundo recién estrenado.

Qué descaro el mío dejar que te comas el final del cucurucho de mi helado de chocolate. E incluso el principio, privándome de su frescor, regalándote su dulzura.

Qué atrevimiento el mío dejar que te cueles en mi cama y compartas mi almohada y desafiar a las estadísticas que dicen saber que el frío de una habitación vacía es el mejor método para convertirte en el adulto que debes llegar a ser,

 en lugar del cobijo de mis brazos. Qué sabré yo.                                                       Seguramente, nada.                                                                                                  Probablemente, todo.                                                                                                                      De ti, al menos.

Qué ridiculez haber pensado alguna vez que podías no quereme, hastiado ya de mis besos.

Qué fortuna la mía,                                                                                                                          que me quieras como me quieres                                                                                      quererte, como te quiero.